Tres tristes cuentos

Zozobra




Claridad de distancias vírgenes, de silencio, silencio entre un trueno de espumas”. Así leía yo, recostado sobre el mástil de proa, un libro enmohecido por la humedad de los rincones del barco. Ansiaba la aparición en el horizonte de la visión fantasmagórica de la ciudad, con ese blanco perdido que parece sombra en los días de voluptuosa niebla. Y su lección me animaba a comprender mejor la realidad que acaecía a cada instante, fuera de mi criatura, proyectado como estaba encima del mar y la lectura, procurándome la sana costumbre de olvidar.

Volvía del erotismo de los puertos exóticos con olor a pescado y salitre. Las desavenencias exiguas con la moralidad de los hombres de tierra, y la ruptura definitiva en la virginidad de las veladas hundidas en licor. Era un hombre joven, apuesto y enamorado.

Ella fue un hallazgo de tierra, asida a sus leyes, que contemplaba el trueno de espumas en un banco del puerto, aguardando la llegada de la tempestad que nos amenazaba para entreverarse en la zozobra ajena, y alejarse así de la propia. Coincidió el cortinaje de lluvia arremolinada con nuestro desembarco, y fue mi chaquetón de felpa el que cubrió sus hombros temblorosos. Así aguardamos, componiendo una figura más de las que conformaban el paisaje de aquel puerto de adoquines rosados, columnas y palmeras. Lírica era la estampa furibunda que confundía mar y cielo en una batalla atroz por el dominio del horizonte. Sin embargo, nada más minúsculo que aquello, nada tan necio.

Se levantó al caer la noche y me sugirió que la acompañara. Dejamos atrás el espasmo, encontrando la protección a los pies del castillo que se erguía en la cumbre de la montaña. Por fin, se me había dado la bienvenida, y su mirada soberana me infundió la serenidad del invitado que halla el auspicio en su anfitrión.

La lluvia cesaba cuando, tras atravesar una avenida junto al mar, arribamos a una alargada alfombra de teselas de color rojo, negro y crema. Entretejían una eterna cenefa de falaz movimiento oscilatorio, a modo de olas de mar. Su brío se enardecía mediante el reflejo de luz blanca de las farolas sobre la piedra mojada de lluvia. Cuando hubo terminado su contemplación, tiró de mi mano crispada por las inclemencias del mar con el ánimo de enseñarme la ciudad. Trazamos una perfecta circunferencia antes de recogernos, yo a mi hostal y ella a su hogar. Por el camino, recuerdo la serenidad centenaria de una arboleda a lo largo de un paseo, donde nuestros pies se llenaron de fango. También la estructura marmórea de una fuente, cuyos luceros de mirada clavada en el suelo arrojan la linfa a los cielos, propalando los secretos de las raíces de la ciudad. Nada más. En una de las adulteradas esquinas de aquella plaza redonda, ella me besó, descubriéndose como una morena de altas torres, alta luz y ojos altos – ojos altos ante la cerrazón del verbo para explicarlos -. Y ya me arrastró tras de sí, como un pez náufrago. A la desmesura del casco antiguo, embebido como yo en la noche tras la oscuridad confrontada con luces dinámicas, y el desasosiego prorrogado por el alcohol. Y al salir de aquellas gargantas, caminando agarrados el uno al otro para evitar tropezar y caer, me percaté de una brecha blanca a modo de barriada, que señalaba con macetas y flores el camino de ascenso hasta los confines de la montaña. Desmontó ella mi pretexto de ascensión al lucir la desnudez de su muñeca, y comprobamos en el reloj de la plaza del ayuntamiento que, efectivamente, era hora de volver. Yo a un hostal cualquiera, ella a nuestro futuro hogar.

En una semana, me embarqué, con el anillo de prometido luciendo orgulloso en el dedo anular de unas manos de marinero cuidadas por las cremas de una mujer.

Zarpamos en la quietud de la noche, con las gaviotas revoloteando en círculos sobre nuestras cabezas. Ella se quedó anclada en tierra, contemplando truenos de espumas en el mismo banco del puerto. Cuando nos alejábamos, fijé mis sentimientos sobre el viento de levante que se revolvía al impactar con nuestra proa lanzada. Y creí advertir en su expresión mermada un visaje causal, pálida y contraída como estaba, asida por un garfio subrepticio.

Su palidez y su anquilosamiento me acompañaron durante la travesía, hasta que finalmente la engulló la imagen cadavérica de la frontera óptica, en la consabida necrología de las distancias. Nuestra artimaña no parecía rendirle ningún consuelo. Un itinerario, las direcciones de nuestros hospedajes, la fecha exacta de llegada y de partida... todo envolviendo en tinta oscura las páginas arrancadas de los libros de su ajada lista de volúmenes anodinos.

De nuevo la noche, y de nuevo el día. El mar meciendo la zozobra, adiestrándose como cristal de espejo; refractando el ánimo de este marinero suyo, igual que los rayos del Sol cobrizo, ahora alegre por amor heredado, ahora gacho, ahora oscurecido y entenebrado por las penumbras de la zozobra que vuelve en el tiempo devanado.

Fue quizás en estas que dí con él, bajo una capa de mohíno, entre el somier y el camastro de una de las literas de la nave. Hablaba del aquí y el allá, del ahora y del entonces, ungido en la materia pingüe del glosario, con la diégesis arrojada a la luz del candil, atribulando a otros entendimientos de mayor majeza cohesiva, vástagos de la peripecia, detractores del vuelo elíptico.

Temí por mi vida. Al desembarcar por vez primera en una ciudad triste y amargada, lucía un día enorme de encantos y noches desveladas. Creí entender un augurio discordante de ruindad en las caravanas de gente sonriente que abordaba la llegada a las costas con serenidad. Cualquier cosa cabía esperar si una multitud se mostraba impertinentemente paciente. Mientras, yo languidecía en el asiento del vehículo que nos trasladaba a nuestro hostal, bajo el escarnio de mis antiguos camaradas, ahora mentecatos. Mi macuto se precipitó contra el mostrador añil de recepción, exigiendo una respuesta. Y esta apareció tras una imagen serigrafiada en blanco y negro de una tesela roja, negra y crema. Sus palabras me infundieron alegría tal, que celebré la noche con los mentecatos, ahora camaradas.

Así fue anticipándose a mi alegría su letra. En cada puerto, en cada hostal señalado en la travesía del adormecimiento literario, iba recibiendo yo su consuelo hidalgo. Hice recopilación así de todo un epistolario, que guardo como buen devoto suyo. Y en la retaguardia, una exposición de clichés tomados de nuestros escondrijos de frescura libertina, paseos clandestinos por las circunferencias de aquella ciudad nuestra. Estos que ahora sostengo bajo mi brazo.

Tras la noche marinera me abatió una gripe mal curada, y no logré resarcirme a tiempo para intuirla como presagio de infortunio. Antes bien, descubrí la ausencia de sus cartas en los dos siguientes destinos. El primero, una especie de burdel de la costa de Niza que olía a pestes y otras glorias sucintas, donde no supieron desembrollar si se había calado en aguas rancias en lo hondo de un barreño, vertido con desdén a la lumbre, o si ni tan siquiera jamás había alcanzado su hado de misiva bienquerida. Así se me arengaba a la conservación de la esperanza. Durante un tiempo perecedero. Cuando desembarcamos en una estampa de primavera, en un refugio de huerto con los cerezos en flor, los campos labrados con ahínco, y las emociones emanando emancipadas de los caudillos del fervor, comprendí que la paradoja me iba a secuestrar en el interior de una ampolla de melancolía febril. Constatado el hecho de que la carta faltaba, cosa que me confesó una niña con tiernísima sonrisa, no pude sino llorarla. Llorarla de ausencia.

Hasta que me sobrevino la muerte. La muerte en la “Claridad de distancias vírgenes, de silencio, silencio entre un trueno de espumas”.

Así leía yo, recostado sobre el mástil de proa. Con la visión nítida, descompuesta, de una ciudad en circunferencia. Con un anfitrión altanero, contagiado por las enajenaciones de los vientos mediterráneos. Los gemidos de árboles centenarios, chepuditos y agotados de estorbar. Unos equinos domados por el estupor de sus melenas marmóreas. Y un casco antiguo hediondo, con una grieta blanca por la que descendía el orín en cascada.

Y su lección me animaba a comprender mejor la realidad que acaecía a cada instante, fuera de mi criatura, proyectado como estaba encima del desamar y la lectura, procurándome la sana costumbre de olvidar.

Sin conseguirlo.

                                                                                                                   Iván Sánchez López, 2009

Una relación esporádica




Llueve en la ciudad de Winchester. Sobre el pavimento mojado deambulan gentes sin rostro. Idas y venidas típicas del paisaje. Colas en la parada del autobús de gente hastiada por las esperas infinitas y el abigarramiento del transporte público. Un acordeonista harapiento que interpreta música folclórica rusa, con una maestría propia de un acordeonista callejero de uñas negras y aliento a whisky barato. Niños persiguiendo a un gato que se esconde en las ramas de uno de los olmos de la vereda del río Fulham, sorprendidos por la habilidad del felino para trepar. El ferrocarril atravesando el puente, emitiendo un chirrido profundo al ser accionada la palanca del freno, inaudible por otra parte para los transeúntes debido a la algarabía de las idas y venidas típicas del paisaje.

Y la gente sin rostro que sube al autobús, que espera a que un acordeonista atraviese la avenida por el lugar menos indicado, que sale indemne a pesar de los insultos de las gentes abigarradas en el interior del vehículo, que son inaudibles para los pasajeros del tranvía, que están ensordecidos por un chirrido profundo del contacto del metal contra el metal.

Y un gato que, tras subir a un olmo, desciende, asustado por el llanto de un niño que, tras subir a un olmo, se cae, dando con las prietas nalgas sobre el pavimento mojado donde deambulan gentes sin rostro.

Roy Lenehan sale de un tugurio oscuro con una sensación de embriaguez de tibia cerveza negra. Funesta para su estómago malbaratado por los excesos de un pasado universitario entre tabernas y colegios mayores. Las disfunciones digestivas le vinieron heredadas por los Lenehan, ávidos consumidores de todo tipo de licores, que al parecer fueron sufriendo todo tipo de úlceras en una especie de maldición que compensaba su exacerbada pasión etílica.

Sin embargo, en esta ocasión, esa sensación de dolor estomacal y vértigo guarda mayor relación con un hecho circunstancial de notable trascendencia, dado que Roy Lenehan se ha citado con Matilde Leclerc.

Matilde es una estudiante belga de intercambio. Lo que más le atrajo cuando la observó por primera vez, por encima de su silueta protegida por una blusa de color sonrosado y una falda de tubo excesivamente elegante para el local donde se hallaba - y la bebida que consumía - , fueron sus mejillas blancas y la sobreactuación en sus ademanes a la hora de pedir. Le resultaba difícil recordar la plenitud de sus ojos violeta, los perfiles de su rostro culminado por una prominente barbilla, o su pelo ondulado de un rubio brillante, a pesar de haber agotado juntos las existencias de stout de la primera barra - con lo que tuvieron que pasar a las segunda -. Poco más podía recordar, salvo una nota con caligrafía llena de embriaguez en la que le citaba al día siguiente para tomar el té en su casa de la calle Fownes's Street.

Matilde Leclerc está vertiendo agua hirviendo sobre las hojas secas del té en el interior de dos tazas de porcelana negra. Las ventanas de su pequeña cocina se encuentran totalmente empañadas, impidiendo así que las gotas de lluvia dibujen extrañas formas sobre el cristal – o, por lo menos, que éstas sean visibles desde el interior -. En el comedor, modesto, apenas decorado con un mapa de la ciudad, una buena colección de velas y unos retratos de amigos y familiares, hay una vieja estufa de leña que, desde hace horas, está calentando la pieza.

Sus mejillas otrora blanquecinas se hallan ahora sonrosadas debido al calor del fuego y la ebullición del agua. En esta ocasión, aquella característica de la reacción de su piel frente al calor se consolida por un hecho circunstancial de notable trascendencia, dado que Matilde Leclerc ha citado a Roy Lenehan en su casa.

Roy Lenehan es meritorio en un importante despacho de abogados. Lo que más la atrajo cuando lo observó por primera vez fueron sus manos enormes y descuidadas, y su manera de brindar con los miembros de su cuadrilla con los enormes vasos de stout personalizados, por encima de su ampulosa chaqueta de tweed, los pelos pelirrojos de una barba incipiente, o la nariz aguileña y tosca que le otorgaba a su rostro cierto toque de madurez en desavenencia con su espíritu. Habían agotado todo su dinero en espirituosas cuando ella se decidió a apuntar en el reverso de una cajetilla de cigarrillos una invitación formulada en términos directos, en los que citaba al señor Lenehan a tomar el té. Decía así:

El señor Lenehan se compromete a tomar el té en el tercer piso del número 58 de Fownes's Street mañana a las 17 horas, como preámbulo de una relación esporádica que, al terminarse el brebaje, mantendrá con la señora Leclerc”.

El estilo burlesco de la invitación no ocultaba la sinceridad de la segunda parte, que había sido subrayada por Matilde Leclerc enfatizando el mensaje, evitando así cualquier tipo de interpretación equívoca.

La nota había sido guardada en la chaqueta de tweed de Roy Lenehan. En el mismo bolsillo del que ahora es extraída para la comprobación de la dirección, cuando Roy se encuentra frente a la puerta del tercer piso del número 58 de Fownes's Street, a las 16:57.

Huele a té.
Se escuchan tres golpes secos sobre la puerta.
También a galletas de mantequilla.
El pomo de la puerta está frío para sus manos sonrosadas
Suena un crujido de la vieja madera de la puerta
Suena un crujido de la vieja madera de la puerta
Abre Matilde Leclerc, con una bata ajustada, sosteniendo con la mano izquierda una bandeja con dos vasos negros de porcelana
Sonríe Roy Lenehan, con la chaqueta de tweed, sosteniendo con la mano derecha una bandeja con galletas
dos vasos negros de porcelana rellenos de té, humeante
una bandeja con galletas de mantequilla, de la Bride's Bakery

Roy Lenehan no puede ocultar su decepción al observar el inmaculado tono sonrosado que han adquirido las mejillas de Matilde Leclerc. Sensación rápidamente disipada cuando ésta le agradece el detalle – Gracias, Roy. Me encantan las galletas de mantequilla – con esos ademanes tan suyos, haciendo temblar los vasos humeantes del té.

Bajo el marco de la puerta Roy Lenehan toma consciencia de que le sería imposible negarse a una invitación a pasar, y que, tras esta, los acontecimientos se desarrollarán de manera inexorable hacia un final predefinido en el reverso de una cajetilla de cigarrillos. En el interior del tercer piso del número 58 de Fownes's Street se adivina el calor templado de una estufa de leña. Bajo la bata ajustada de Matilde Leclerc, se adivina el calor de una piel desnuda y sonrosada.

– Adelante, - y Matilde Leclerc se convierte en artífice y cómplice del té de las 17 horas, alejándose con el pretexto en forma de infusión del espejo moral del que se sirvieron los Leclerc para su instrucción. La foto de familia, dispuesta en el centro nuclear del tablón de imágenes del salón, es apenas reconocible, al no recibir más que una tenue luz de una de las pequeñas velas repartidas deliberadamente por la pieza. Cortinas corridas, cojines de colores cálidos distribuidos por el suelo, y una mesa de madera cobriza en el centro, lugar donde irán a parar los vasos de porcelana negra. Rellenos de té. Humeante.

Puedes dejarla aquí. - Matilde tira suavemente de las hombreras de la chaqueta de tweed, presintiendo la torpeza de sus enormes manos, antes de que Roy halle el tiempo para reaccionar. En el perchero bajo cuelga también una gabardina de color beige, elegante en su corte, confeccionada a medida para un cuerpo coqueto.

- Siéntate. Entrarás enseguida en calor. - Persiste la lluvia sobre las calles mojadas de Winchester. Alejada de aquel espacio estanco, apenas perceptible por el murmullo de las gotas sobre el cristal de las ventanas, enmascarado por el susurro del crepitar de la leña ardiendo. El olor del té se disemina por la habitación. Demasiado caliente aún para ser tomado, pero válido para reconfortar las manos sobre su hálito.

¿Es la primera vez que te invitan a tomar el té? - Las galletas de mantequilla de la Bride's son conocidas y reconocidas en todo el condado. Al paladar de Matilde, en el que prevalece su identidad nacional, su sabor se intensifica por la sensación de poseer lo mejor de lo ajeno en propiedad. Y aunque sus ojos ya no se encienden, ni se ruboriza como la primera vez, si provocan en ella un enorme deleite, comprobable en el aparente aletargamiento de sus párpados sobre sus mejillas sonrosadas.

- ¿Es la primera vez que comes una galleta de la Bride's? - Roy Lehan ha entrado en calor, sin necesidad de haber recurrido al stout, los amigos de la cuadrilla o su chaqueta de tweed. Le enorgullece desbaratar el zafio destino de los Lenehan al haber descubierto el abrigo en una taza de té. No obvia, sin embargo, la capacidad de la anfitriona para no hacerle sentir ajeno en su hogar.

- ¿Qué te gustaría escuchar? Interpreta la búsqueda de un disco en consonancia con la situación. La noche se adivina entre las cortinas, y el antiguo gramófono cuenta con la virtud de convertir aquella modesta pieza en una caja de música. El té persiste en su hervor. Todavía no se puede beber.

- Prefiero escucharte, si no te importa. Y Roy Lenehan, avezado alumno en desmesuras universitarias, se ve ahora sometido a la tiranía de las palabras pronunciadas sin premeditación. Ese desliz bien pudiera haber dado al traste con sus expectativas para esa noche antes de haberse siquiera enfriado el té. Pero la fortuna le sonríe esta vez gracias a la equívoca interpretación de Matilde, al confundir su inconsciencia con un estudiado comportamiento adulador.

Esta bien. Hablemos. Y en el movimiento oscilatorio de su cuerpo, al sentarse de nuevo junto a la mesilla que preside el habitáculo, Matilde Leclerc consigue deslizar el tirante de la bata sobre su hombro sonrosado. El pelo rubio brillante concentrando las escasas emanaciones lumínicas de la escena; envolviendo de un halo pagano el instante preciso; el desliz de un tirante sobre un hombro desnudo.

La huida de la mirada perfila la taza como objetivo. Al primer sorbo, el té reprende la falta de comedimiento verbal de Roy Lenehan, escaldándole la lengua.

El silencio, adornado por los sonidos sospechosamente vacuos del tercer piso del número 58 de Fownes's Street, a las 17:12, se dilata lo suficiente como para que los párpados de Matilde Leclerc descansen sobre sus mejillas. Al lado de la taza, una galleta de mantequilla con el signo inequívoco de una agresión externa, y un rastro que conduce hasta unas diminutas migajas en la comisura de sus labios.

Al abrir los ojos, Matilde Leclerc comprueba atónita la desaparición de aquel trozo suyo de galleta de la Bride's, y un rastro que conduce hasta una mano enorme y descuidada que la sostiene, triunfante, en una especie de actitud provocadora, como proponiendo una porfía entre bandos opuestos. Aliado de antiguas contiendas, el descaro – enmascarado en la forma rectangular de una galleta de mantequilla – acude en beneficio de Roy.

- ¿Quieres? - Esta vez se enroca con acierto en la partida. El cuerpo erguido, bien aposentado sobre los cojines de colores cálidos. La mano, recubierta de serenidad aparente. La virilidad de los Lenehan, exonerada de cualquier argucia delatora del verbo en aquella estancia sin estridencias decorativas. Ni luces artificiales. Ni ruidos enlatados. Ni nada que les permita distraerse el uno del otro.

Matilde Leclerc se incorpora, descalzándose unas largas botas negras. Rozando a continuación con el aura de su desplazamiento la frente desnuda de Roy. Un detalle se le escapa a su mirada consciente, en el ávido pestañeo de él. Una especie de turbamiento que interrumpe el curso natural de las cosas, dejándolas aún así fluir. Se dirige a la estufa, cuya caldera arde con vigorosidad. Alimenta la paradoja con una cepa retorcida de vid. También, una metáfora básica, interpretada sin remordimiento.

- Hace calor.

Y allí donde debía ponerse el telón, con la caída del cortinaje sobre los pies desnudos, cuando la bata ajustada recorriera el cuerpo desnudo para liberarlo de su opresión, sucede que Roy Lenehan se halla postrado ante las redondeces de los tobillos blanquecinos de Matilde Leclerc, y que allí donde debía abrirse la veda, con un pecho resquebrajado por la comezón instintiva, sucede que Matilde Leclerc se halla abrazada al torso atribulado de Roy Lenehan.

Los dos tiemblan antes de decir:

  • Te quiero.

Siquiera un beso para rubricar tan desalentadora acrobacia. Escarnio de una época, burla de una tradición heredada, de una lucha de sus ancestros por conquistar el derecho a follar.

Siendo consciente de la bajeza moral, de la perversidad de sus actos, Matilde Leclerc despierta de su letargo – el de sabor a mantequilla – para abofetear a mano abierta el rostro de Roy Lenehan. Éste, revelándose ante sí mismo como un mezquino, cara pálida, expresión desencajada, huye avergonzado del tercer piso del número 58 de Fownes's Street, a las 17:33.

Llueve sobre el pavimento mojado de Winchester. La noche engullendo a las gentes sin rostro, acordeonistas y niños de nalgas magulladas. Tan solo un gato solitario buscando un lugar caliente donde pasar la noche.

En el tercer piso del número 58 de Fowne's Street, hay una mujer llorando. Unas tazas de té que, de manera inexplicable, aún sigue humeando. Y una chaqueta de tweed y una gabardina coqueta que se abrazan como dos objetos inertes. 

                                                                                                                Iván Sánchez López, 2009

Contalles de la mar




Una vegada, ja fa anys, el meu estimat amic Eladi Vives, propietari del bot “nissaga”, fill i veí de La Vila, em va convidar a passar uns dies de pesca al seu mar mediterrani. I un dia d'estiu primerenc, a primera hora del matí, vam eixir a l'abric peremptori de la mar, des del port de El Campello, on les veus de les subhastes del gènere fresc de la llotja arribaven fins a les nostres oïdes. Al davant nostre, el mar s'estenia amb l'onatge blau i assossegat que el caracteritzava, immens al seu bressol, albirant-se a l'horitzó alguns borallons d'esfilgarsada boira.

Vora el port, en direcció a l'est, s'escau una hora de navegació per poder trobar bon gènere. Des d'allí, la petita vila de gents del mar semblava engolida per la bassa d'aigua salada. El cruixir de la fusta ens anava fent companya en aquell viatge silenciós, allunyats de la terra, seguint un camí fixat al cap del nostre capità. Un home vell, que fumava d'una pipa lluenta, propietari de la taverna “llop de mar”. Quan ens creuarem amb d'altres pescadors, aquestos paraven gentilment la tasca per saludar-nos amablement i oferir-nos a crits uns traguinyols d'aiguardent.

Al poc, davant nostre només s'obria el mar, que ens acaronava amb la tebiesa de l'oratge. Cap a terra, a espatlles nostres, es dibuixava el contorn picut del Puig Campana, i, al seu darrere, el nus orogràfic de l'Aitana. Prompte la seva presència protectora va desaparèixer, quedant amagats del món, surant a una fictícia deriva, embeguts pels màgics sorolls de l'alta mar.

Allà, quina calma i quin silenci, Déu meu!

Jo, que era home de secà, m'omplia els ulls amb l'amplor eterna de la mar i el cel que, amb la claror del dia, es confonien, amb l'únic rastre inequívoc de les traces del Sol damunt les corrents. No obstant, el capità feia cara de pocs amics, i allà enmig del no res – i del tot, per correspondència – va decidir llançar l'ancora. Jo vaig fer mostra de nou de la meva desconeixença al treure de les barjoles les eines de pesca. El capità, que era bona gent, va enfredar el meu ànim.

- Pots treure-les, si vols. Però ho tenim fotut. Haurem de passar aquí una bona estona. - A l'instant, coincidint amb una rebufada de llevant, vam patir una profunda contrarietat: no es veia res del món; tot estava tapat de boira.

I era una boira mulladora, puix el terra de la nau apareixia resbaladís, com si ploguera. Una feixuga capa nuvolosa ens envoltava a la baixura de la mar.
Llavors, el llop va agafar una gran llauna amb una boqueta oberta pel davall on va ficar unes rames d'olivera, abans de penjar-la d'un fil d'aram i prendre-li foc. Ràpidament vam recuperar l'escalfor perduda i Eladi i jo vam seure envoltant l'acollidora fogatina.

Aquest llop era un gran tipus de la mar. Portava una densa barba blanquejada, i els ulls estràbics li donaven una aparença d'excèntrica sapiència. El nas bast i les celles poblades li feien una fesomia d'animal – proper al llop –.

  • Podrem tornar prompte a casa? - va demanar Eladi, atemorit.
  • El vent ha parat. La boira es ben feixuga. Tenim per estona.

La conversa del capità era breu i determinant. Encara que, sota la mirada del llop, existia una esculpida tradició narrativa esdevinguda de les llargues estones d'aguait quan la cacera del peix es resistia.

La fredor va prendre les nostres mans, mentre un ventijol ens colpejava les galtes. Es ben cert que el vent de la mar t'ataranta i et fa perdre l'esma. En un bell sec, el llop va esbrinar la nostra defollença i va seure amb nosaltres a la vora del foc. Eladi i jo l'escoltàrem sense interrompre'l, i ell ens va contar “un cas de la boira”:

- Malhora varen decidir Joan pare i Joan fill fer-se a la mar un dia com el d'avui – Va dir amb la veu aspra –. El pare, ple d'homenia i fermesa, va voler introduir el fill en els secrets de la mar. Dot el seu coneixement de les aigües i els estels, va sortir sense cap mena d'artefacte que li pogués servir de guia. El dia lluïa clar, i les corrents calmades d'aquest mar mediterrani nostre romanien com calia esperar. El temps de navegació va transcórrer sense gaire complicació, ans plàcidament per fill i pare. Per cada peix n'hi havia una descripció, per cada onatge un relat, per cada vent un drama. Quan ja feien llarg camí de la sorra de la platja, els va sorprendre una boiregada de color safir. De bell nou, fos com si hagueren caigut dins d'un barril de sutja. No es veia res en un pam, i, encara que estaven a menys d'un metre de distància l'un de l'altre, no arribaven a guaitar-se. El xic es va apegar com una llapassa al pal, mentre que el pare encenia un llumí de cap de sofre a la seva recerca. Gairebé dona amb el seu cos a l'aigua, cosa que hagués estat terrible en aquestes circumstàncies. Per fortuna, la criatura va començar a cridar, foll com era, i el pare va arribar amb les palmes esteses al front fins al pal. El Joan pare es feia creus. Quelcom li deia (i a terra, tots hi estaven) que mentre no s'alçara llevant, aquella boira no escamparia. - Potser si s'haguera endut els materials... - Però Joan pare no els duia i per aquest motiu embogia... I si la boira no escampava, i havien de fer vetllada a alta mar, pare i fill ho passarien molt malament. Apercebent son pare mústic com estava, el xiquet va contindre el plor i va acaronar les galtes fredes del pare.

  • No patisques, pare.

I el pare, que patia amb raó, va sofrir amb les paraules del fill com una furgada al cor.

Al temps, quan els seus cossos romanien mullats per la fredor de la tenebra, el xic va començar a cantarejar una cançó de pescadors que li havia aprés la seva mare. La lletra versava lloes a la mar, plenes de sentiment i reflexió: els seus colors blau i verds, la remor de les seves ones, el arbre dels seus fruits, mà que reconforta... i la cruel tempesta... Joan pare, capficat com era, va redreçar-se per abraçar ben fort son fill, adonant-se que era la criatura que més estimava a aquest món.

Poc a poc, la veu greu i llustrosa de Joan pare es va unir a la de Joan fill. Junts, recitaren les lloances al mediterrani en aquell temple de boira. Hom veguera una greu paradoxa en els seus actes. Fins l'arribada del darrer vers.

  • I quin vers era eixe? - Va dir Eladi, impossible de tenir-se.

El llop va aprofitar l'aturament forçat de la contalla per afegir-li una branca d'ametler al foc. El lirisme de la seva narració ens havia fet recuperar l'alè i oblidar l'embolcall de núvols que ens envoltava. Havíem caigut al seu encanteri. Estàvem on ell volia... a la gola del llop...

  • No és tan senzill. - Va respondre el nostre capità.
  • Com no és tan senzill? Què vols dir? - Replicà encoratjat l'Eladi
  • Doncs això va en funció de qui recitara la contalla. Joaquimet, el tort, parlava de Déus i de miracles. Pepet petxina deia “hom saps que som a casa, però a la llar hem de tornar”.
  • I quina es la versió del llop? - vaig esmentar, amb tota la prudència que coneixia.
  • Doncs cap.
  • Cap? - Vam afegir els dos alhora, borinots.
  • Si, cap. Perquè una ona gegantesca va arramblar amb la nau i tots dos es van ofegar.

D'un cop, l'Eladi i jo varem despertar de l'encanteri, i vam tornar a aquella feixuga presó que ens retenia. Els ulls, plens d'un temor tèrbol.

Però la riallada desllustrada del llop ens va fer entendre de seguida que tot allò era una gràcia per a les gents de terra ferma.

- Ha, ha, ha! No s'indignen, cavallers, que no voldran fer pensar al capità que son homes mansuets i rancuniosos. Het aquí el final de la història: Quan ja pare i fill es disposaven a soltar la darrera versada, de sobte, a l'ombra que els engolia va aparèixer una llum. Instintivament, els ullets de Joan, que romanien tancats, es van obrir per no menysprear aquell espectacle.

  • Mira, pare, mira!!

I al capgirar-se, Joan pare va adonar-se que, fóra del cel o de l'infern, allò era una senyal. Va prendre de nou el control de la nau que jeia a la deriva, i va fer rumb cap a la llum. Minuts després, pare i fill s'abraçaven a dona i mare, els ulls encarnats per l'angoixa retinguda, fora ja dels perills de la boira. Amb l'ajuda del veïnat, la mare havia aconseguit construir una foguera gegantina que, encara avui, es diu que es manté viva al món de la contalla.

Dita la darrera paraula, el llop va assenyalar cap a un punt a l'horitzó. La feixugor de la negra boira va desaparèixer sobtadament, deixant-nos percebre la nit en tot el seu resplendor. Al llarg i ample de les platges de la comarca de l'Alacantí s'estenien centenars d'esplèndides fogueres, omplint el paisatge del litoral de petits llumins d'un color taronja incandescent.

Per un moment, vam creure encara viva la memòria de la contalla...   


                                                                                                                Iván Sánchez López, 2009